
Era el exámen final de un monasterio Zen situado en China más profunda. El maestro entró en el círculo formado por sus discípulos y colocó sobre un pedestal un gran jarrón dorado y introdujo dentro tres flores: una de color rojo, una blanca y una amarilla. Lanzó una profunda mirada a sus discípulos y pronunció las siguientes palabras:
- "He aquí el problema".
Aunque sus palabras resonaban en los oídos de sus discípulos cuando el maestro había desaparecido rodeado de una misteriosa niebla.
Tres días después, sin apenas comer, sin dormir y en estado de gracia, los aspirantes a maestro seguían discutiendo sobre la naturaleza de la jarra, el significado de que fueran tres flores y lo que cada uno de los tres colores representaba. En estas que entró el hijo del jardinero en el centro del círculo, un niño curioso de siete años que, rompiendo la paz de la discusión, preguntó:
- "¿Qué hacéis?.
Los discípulos intentaron que se fuera. Le explicaron que aquello era demasiado profundo para que un niño pudiera entender. Pero además de curioso el niño era impertinente y insisita en que le explicaran qué hacían allí. Desmostrado una gran paciencia, uno de los aspirantes le explicó el reto del maestro y repitió sus palabras:
- "He aquí el problema".
El niño pasó la mirada por todos los discípulos, miró el jarrón, se dirigió hacia él y de un empujón lo tiró al suelo y lo rompió a la vez que decía:
- "Ya no hay problema".
El niño fue el único que aprobó el examen.

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